Perfiles e Historias: Roberto Rodríguez Arizpe

Abraham Vázquez

Monterrey, México (17
diciembre 2007).-
Hace más de cuatro décadas que este médico regiomontano inició su labor
altruista al participar y coordinar brigadas de especialistas que operan
gratuitamente a personas de escasos recursos de todo el País
Detrás de las pupilas de Anselmo Solís Ek, una bruma viscosa y fría acabó
con sus días de sol tropical y con el verde resplandor de papayas que
disfrutaba ver en su milpa.
Campesino, piel morena, de complexión de roble compacto, ligeramente
encorvado por los años y ojos rasgados, Anselmo lleva sangre maya en su
apellido materno que significa "lucero de la mañana", pero también
"oscuridad", como la mancha umbría que en los últimos meses lo agobia.
"Se la vivía en el campo; ahora ya no puede hacer la tierra. Padece
cataratas", dice la esposa de Anselmo, quien lo guía del brazo para evitar
tropiezos.
Es sábado 1 de diciembre. En el Hospital Agustín H'Oran, de Mérida, Anselmo
está junto a casi un centenar de pacientes con alguna afección
oftalmológica, principalmente cataratas.
Llegaron con la esperanza de recuperar la vista a este hospital público,
cuyos pisos olvidaron su esplendor en otra época y sus salas de espera
reciben sin ningún trámite a la población abierta en medio del vapor del
mediodía de Mérida, que en invierno tiene temperaturas de 28 grados
centígrados.
Pondrán sus ojos en manos de cinco doctores regiomontanos y cuatro
enfermeras que de manera gratuita realizarán operaciones de cataratas a
personas de escasos recursos.
Catalogada como una de las principales causas de pérdida de visión entre
adultos, éste es un mal reversible a través de una sencilla intervención
quirúrgica.
En México, la Secretaría de Salud estimó en el 2006 que más de un millón 600
mil personas mayores de 45 años lo padecen, que sólo en casos excepcionales,
como cuando se presenta por lesiones oculares, no se puede curar.
La gran mayoría de los reunidos en este hospital yucateco, como Anselmo, es
de origen maya y no estarían aquí si dispusieran de entre 7 mil y 20 mil
pesos que cuesta la operación para recuperar su vista.
Pero ahora podrán recibir este beneficio gracias al médico regiomontano
Roberto Rodríguez Arizpe.
Este galeno inició hace 42 años una aventura médica altruista que llega
ahora hasta al sur más lejano del País.
II
En julio de 1965, recién graduado de la Universidad Autónoma de Nuevo León,
Roberto descubrió que el ejercicio de la medicina más que de negocio tenía
mucho de apostolado.
Por invitación del ministro religioso Jorge Rivera, el entonces joven doctor
viajó al sur del Estado, al municipio de Galeana, cuando todavía los
hospitales eran un sueño en aquel paraje. Entonces la gente tenía que
atenderse en Saltillo o Matehuala.
Era la primera vez que viajaba en una brigada médica para ofrecer su trabajo
voluntario en aquella zona llena de carencias, donde muchos de sus
habitantes no tenían dinero para pagar ni una aspirina.
"Éramos un equipo de 30 personas entre médicos generales, enfermeras y
dentistas. Ahí vimos la necesidad de la gente", recuerda este hombre de 72
años, cabellera cana, lentes anchos y una voz de un grave inalterable, tan
discreta que apenas se escucha.
Él habría de experimentar entonces el poder curativo que contiene la mezcla
de medicina y amor al prójimo, tal como un día se lo había advertido su
padre.
Isaías Rodríguez Vázquez fue uno de los pioneros de la Iglesia Bautista
Berea de Monterrey y años atrás lo animó a estudiar medicina y lo disuadió
de seguir sus pasos en el culto.
"Si tú eres ministro ayudarías a la gente desde el punto de vista
espiritual, pero si fueras doctor, podrás ayudar a la gente desde el punto
de vista humano, médico y también desde el punto de vista espiritual",
recuerda que le dijo su padre y lo evoca con una expresión que rompe la
seriedad de su rostro.
Roberto siempre lleva consigo el ejemplo de caridad de su padre y de su
madre, Bertha Arizpe Martínez, viuda de Rodríguez, quien aún hoy, a sus 93
años, y en condiciones críticas de salud, ora cada vez que su hijo sale a
una brigada.
"Todos los días veía cómo mis padres eran capaces de quedarse sin comer con
tal de que comieran otras personas".
De su
casa familiar en la Colonia Roma recuerda que la lección diaria era la ayuda
al prójimo y las tardes de lectura de la Biblia, donde aprendió que la
salvación no se basa en la publicidad de las obras, sino en la fe
en Jesucristo
y
en
el amor al
otro.
Es este evangelio el que ha lanzado a Roberto a su gran aventura por las
comunidades más pobres del País durante más de 40 años.
Se puede decir que es uno de los pioneros de las brigadas médicas que hoy en
día se publicitan sobre médicos cubanos en zonas marginadas de países
latinoamericanos.
Al principio sus caravanas de salud se realizaban una vez por año.
Actualmente, realiza 23 brigadas anualmente, casi dos al mes, que no sólo
contemplan cirugías de cataratas sino también procedimientos de quirúrgicos
laparoscópicos y odontológicos, entre otros.
"Mis pacientes me reclaman porque piensan que me tomo mucho tiempo de
vacaciones", comenta con una sonrisa este especialista en gastroenterología,
quien ahora en Mérida, coordina los trabajos de los médicos.
III
Roberto clava la mirada en el horizonte cuando escudriña su inventario de
anécdotas.
En un viaje a la Huasteca Potosina, un hombre estaba a punto de suicidarse
por una ceguera por cataratas. La brigada médica, con una cirugía rápida, le
salvó la vida.
"El señor tenía 40 años y en el último día de la campaña alcanzó lugar de
milagro. Después de operado, nos dijo llorando que había decidido suicidarse
porque estaba ciego y era un estorbo", comenta.
En otra misión a Chiapas, un hombre con problemas en la próstata había
implementado un catéter urinario casero, que funcionaba con mangueras de
plástico y un envase de cerveza de vidrio.
En Mérida, cada caso clínico es un drama social: una joven fue abandonada
por su familia tras quedar ciega. Los familiares de una mujer campesina maya
no percibieron la gravedad de su problema visual hasta que ella pisó un
gato; y un niño con catarata congénita padecía catarro y no pudo ser
operado.
Hace 10 años, Roberto decidió que la mejor manera de enfrentar el desolador
binomio pobreza-enfermedad era creando una organización, y así nació la
Fundación San Lucas.
"Lucas fue un médico que atendió al apóstol Pablo durante su existencia y
escribió el evangelio San Lucas", explica sobre el origen del nombre de la
organización.
"Es uno de los pocos médicos que aparecen en la Biblia. Y no aparece
hablando de sí mismo, sino acerca de Cristo y el apóstol Pablo", comenta.
A lo largo de una década de vida, la Fundación San Lucas ha multiplicado el
trabajo que el galeno inició como algo quijotesco.
Si los servicios brindados por esta fundación se contabilizaran en pesos, en
su primera década de vida su aportación equivaldría a cerca de 500 millones
de pesos.
Además, en el proyecto se ha involucrado a toda la familia, iniciando por su
esposa, Norma Ruezga, y uno de sus cinco hijos, Ricardo Rodríguez Ruezga,
quien es secretario de la Fundación San Lucas.
El organismo trabaja para concretar el sueño de un centro médico del mismo
nombre en Valladolid, a 150 kilómetros al suroeste de Mérida.
"Es nuestro proyecto más grande ahorita. Estaría en el mero centro de la
península y brindaría servicios médicos a gente de escasos recursos",
comenta Ricardo.
La pura construcción del edificio se estima en 1.6 millones de dólares. Su
financiamiento se ha logrado con recursos de la iniciativa privada y fondos
obtenidos a través de la International Medical Assistance, una organización
sin fines de lucro que nació inspirada en la labor del médico universitario.
"El sueño es repetir eso en el resto del País", dice.
IV
La brigada médica que llegó de Monterrey a Mérida se mueve por el Hospital
Agustín H'Oran con precisión quirúrgica.
Son cuatro médicos y tres enfermeras que en Monterrey trabajan en el sector
privado, y que aquí, bajo la experimentada batuta de Roberto, ejecutan los
servicios gratuitos.
A lo largo de cuatro días, se dividen el trabajo: unos preparan quirófanos,
esterilizan el material y disponen los aparatos sofisticados que
consiguieron con apoyo de proveedores; otros valoran de nuevo a los
pacientes, organizan las listas, hacen requerimientos de material y llenan
los expedientes.
Arturo Villarreal, Rodolfo Benavides y Clodio González, de Monterrey, junto
a Édgar Méndez, de Matamoros, integran el equipo médico.
Son oftalmólogos profesionales con amplia experiencia en cirugía, quienes
han seguido a Roberto en su travesía altruista. Algunos por más de 30 años,
como Clodio, otros por primera vez, como Édgar. Su experiencia acumulada es
invaluable.
"Todos los pacientes tienen un grave problema visual y económico. Si son 100
ó 50, por ellos vale la pena venir", indica Arturo, quien durante casi 20
años ha colaborado en el proyecto.
"Nosotros ganamos aquí más de lo que cualquier médico pueda cobrar", indica
Rodolfo, uno de los más hábiles en el quirófano.
Los galenos coinciden en que a estas misiones no vienen practicantes, porque
quieren lo más rápido y lo mejor para los pacientes. Para ellos, Roberto es
su mentor y ejemplo a seguir.
Las enfermeras nuevoleonesas Aracely Ibarra, Obet Cuéllar y Magally Pérez
muestran destreza y disposición en las salas de operaciones. En este equipo,
algunos dejan sus vacaciones para venir a ayudar.
"Si nosotros podemos dar un poquito de tiempo, pues qué mejor. Nos sentimos
como en familia porque ya nos conocemos", indica Magally, quien participa
desde hace 3 años.
Durante su estancia en el hospital, la brigada regiomontana es apoyada por
un equipo de enfermeros y trabajadores sociales del hospital yucateco. El
DIF Estatal, la Secretaría de Salud de Yucatán y el Seguro Popular
canalizaron previamente los casos, hicieron la preselección de pacientes y
proporcionaron medicamentos.
A lo largo de cuatro días, el trabajo quirúrgico transcurre en jornadas
maratónicas de hasta 12 horas diarias para contrarrestar la escasa
infraestructura del hospital yucateco.
La tarea de llenar expedientes consume grandes reservas de paciencia. Sólo
hasta el último día, cuando el ritmo de las operaciones baja, el equipo
puede ver el sol del sureste.
La brigada logra atender a 70 personas, quienes en menos de 24 horas vuelven
a la luz. Anselmo está entre ellos.
Al recibir su alta del hospital, se remueve el parche que le cubre el ojo
izquierdo, está inquieto por conocer a los especialistas que le devolvieron
la vista.
Con un abrazo y una sonrisa, como si los conociera de siempre, se despide de
ellos y emprende el camino de regreso a casa, en Buctozotz, a dos horas de
distancia de Mérida, donde está su vida: el campo.
Al llegar a su hogar, lo primero que hace es contemplar los objetos
cotidianos de los que casi había olvidado su imagen.
Parece redescubrirlos. Aquellos manubrios relucientes de su bicicleta que lo
transporta al trabajo, el naranja intenso de la papaya, fruto de su milpa, y
la tierna mirada de sus nietos, ahora más grandes.
Todo aparece a
través de una nueva luz.
Fuente: Periódico El Norte 17 Dic 2007
Autor: Abraham Vázquez